29 de noviembre de 2013

Estaba enfermo, y me visitasteis





 Últimamente paso muchas horas en la planta de oncología y cuidados paliativos y aunque no quieras, entablas conversación con los familiares de otros enfermos.

 La muerte, ronda siniestra por el pasillo a la caza de su próxima víctima; pues raro es el día que el equipo médico no anuncia la noticia de la inminente muerte de algún paciente a sus familiares.

 Observo atentamente el cambio que se produce en muchos de los cuidadores al conocer la noticia, según sea la edad, el parentesco que los une y por otra parte, el tiempo que trascurre desde que se anuncia la proximidad del fallecimiento, hasta el fatal desenlace.

 Se pasa del llanto inicial, a la impaciencia por qué dicho momento se dilata en el tiempo y lo que se esperaba a las pocas horas de la trágica noticia, se alarga durante días.  Entre cigarrillo y cigarrillo, entre café y café, la impaciencia por que llegue el fin, hace que la gente diga cosas que, supongo que no desearían para sí mismas, (amaras a Dios sobre todas las cosas   y al prójimo como a ti mismo); no comprenden que solo Dios puede dar y quitar la vida, deberían pensar que se encuentran ante un ser humano insustituible, único, con una vida, una intimidad y una historia personal, que padece un gran apuro: SE ESTA MURIENDO Y LO SABE, además padres, esposa, hijos agonizantes, son sangre de su sangre y una vez que mueran su vacío en la tierra no podrá ser llenado.

  
Intentando ocultar la enfermedad al enfermo
 En estos últimos diecinueve días de estancia en planta, fallecieron diez personas,; por la edad casi todas estarían bautizadas, muchas de ellas casadas por la Iglesia y sin embargo, en ningún momento vi subir al párroco del Hospital a dar la unción de enfermos a ninguno de ellos, no por dejadez del capellán sino porque los familiares no contactan con él para que administre los sacramentos.

 Este intento de ocultar lo que el enfermo sabe, hace que en esta época la mayoría de los agonizantes no reciban ningún tipo de consuelo espiritual. Sé que nuestro Señor les perdonara dada su situación, pero ¿perdonara a quienes evitan proporcionarles la ocasión de ponerse en paz con el Creador?

 Tanto los enfermos terminales, como los que padecen graves enfermedades y sueñan con pertenecer a ese mínimo tanto por ciento que sobrevive al periodo de cinco años, necesita y muchas veces solicita aunque no queramos darnos cuenta acompañamiento. Pide a su cuidador que no se retire, que se siente; le pide tiempo y una silla pegada a su cama, y lo suplica como si se tratara de la medicina más eficaz para su tratamiento. Pero ¿somos capaces de sacrificarnos para ofrecérselo?, ¿dejaremos nuestros quehaceres diarios para "socorrer al enfermo"?,¿renunciaremos a nuestro bienestar para aplicarle los cuidados paliativos o preferiremos dejarlo en manos de otro ya sea residencia o acompañante de pago, con la escusa de que "estará mejor atendido"?

 Debemos ser conscientes de la dignidad del familiar enfermo, quitar tiempo de otras cosas para mirarle sin lastima, para permanecer a su lado en silencio, tiempo fundamentalmente para escucharle. El familiar enfermo, necesita desahogarse, expresar lo que piensa, manifestar sus pensamientos y sus miedos, tiempo para hablar sin que le interrumpamos, sin que le cortemos las frases ni contestemos por él, demanda que escuchemos incluso lo que piensa sobre la misma muerte.

   Al familiar moribundo se le ha de trasmitir con palabras contundentes, que debe oír y con gestos evidentes, que debe sentir que, como dictaba la doctora Saunders; “me importas tú por ser tú, sin juzgarte, me importas por ser quién eres, donde estés, como estés, como seas y me importas hasta el último momento”

 En medio de una cultura utilitarista e individualista , asumir este principio de humanidad es algo arduo y valiente.



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