3 de febrero de 2014

Extracto del libro.- Y DESPUÉS DE LA MUERTE ¿QUÉ? II




IMÁGENES BÍBLICAS DE LA MUERTE Y LA VIDA ETERNA

La Biblia nos ofrece numerosas imágenes para fortalecer nuestra esperanza en la vida eterna.
Cada imagen tiene su propia verdad y quiere abrirnos una ventana por la que poder asomarnos al misterio de Dios y del ser humano. Sobre imágenes no se puede discutir. Por lo que atañe a ellas, no se trata de llevar la razón, sino de tener disposición a dejarse conducir por ellas hacia los atisbos de nuestra alma.
Preparar una morada
En el discurso de despedida que pronuncia antes de su muerte, Jesús describe de manera maravillosa lo que nos aguarda en la muerte. Jesús sabe que va a morir en la cruz. [  ] Habiendo superado ya, en su fe, la muerte antes de morir, ahora quiere infundir confianza y ánimo a los discípulos: «No estéis turbados. Creed en Dios y creed en mí. En casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, pues voy a prepararos un puesto. Cuando vaya y os lo tenga preparado, volveré a llevaros conmigo, para que estéis donde yo estoy » (Jn 14,1-3). [  ] En su muerte, Jesús nos prepara la morada a la que podremos mudarnos al morir. Cuando muramos, no ingresaremos en algo desconocido y oscuro, sino en algo familiar. Jesús mismo nos ha precedido, preparándonos la morada en la que podremos habitar por siempre.
Cuando morimos, Jesús viene a nosotros para llevarnos consigo, a fin de que estemos para siempre en el mismo lugar que él. Así pues, la morada que nos ha preparado es el lugar en el que podremos habitar junto a él y, con él, en la patria eterna. Y, con Jesús, habitaremos junto al Padre.
La interpretación que Jesús da a su muerte es aplicable también, en cierto modo, a la muerte de las personas a las que nos vinculan la amistad y el amor. Cuando mueren, se llevan ya, por decirlo así, una parte de nosotros a la morada eterna. Todo lo que hemos compartido con ellas -alegría y sufrimiento, amor y dolor-, todas las conversaciones que hemos mantenido con ellas, la cercanía que hemos experimentado: todo eso se lo llevan consigo en su muerte a la morada que nos prepararán.
Quien cree en mí vivirá aunque muera
Joseph Ratzinger interpreta esta visión joánica de la resurrección de un modo tal que «entrar en Cristo, o sea, la fe, se convierte, en un sentido matizado, en un entrar en aquel ser conocido y amado por Dios que equivale a la inmortalidad» (Ratzinger, Einführung, pp. 293-294).



Vida eterna, y el tiempo y la eternidad coinciden en este momento. Y, en comunión con Jesús, vivimos ya aquí y ahora en la eternidad de Dios. Vivimos en una relación de la que nunca más podremos ser excluidos. En el relato de Lázaro (cf. Jn 11,1-44), el evangelista Juan quiere hacernos comprender «que la resurrección no es meramente un suceso lejano que acaecerá al final de los tiempos, sino algo que se realiza ya ahora mediante la fe. Quien cree está en diálogo con Dios, que es vida y sobrevive a la muerte» (ibid., p. 294). Para el evangelista Juan, la vida y la fe son una y la misma realidad. Sólo quien cree vive verdaderamente. Creer significa mirar, ver con más profundidad, reconocer la esencia de las cosas, descubrir a Dios en todo como fundamento, contemplar en todo el amor de Dios.
La fe es relación con Dios. El que cree vive en relación con Dios. Tras la muerte, esta relación, que aquí resulta ensombrecida una y otra vez por el mundo -en el sentido en que lo entiende Juan-, se realizará de manera clara y pura. Allí nunca más seremos excluidos de la relación con Dios. Estaremos en Él. Y en Él no sólo contemplaremos a Dios, sino también la esencia de las personas que han muerto con nosotros y en Dios están ahora en su patria verdadera. En la muerte, nuestros ojos se abrirán para siempre. Contemplaremos a Dios en todo. Y nos relacionaremos con Dios con todo nuestro ser y, en esta relación, experimentaremos vida auténtica: vida eterna, esto es, vida de una nueva calidad.
Ser llevado por los ángeles al seno de Abrahán
En el Evangelio de Lucas, en el relato del hombre rico y el pobre Lázaro, se nos ofrece una imagen maravillosa de nuestra muerte. Cuando Lázaro murió, «los ángeles lo llevaron junto a Abrahán» (Lc 16,22). Estas palabras nos remiten a dos imágenes.
Está, por una parte, la imagen de que los ángeles nos llevan a través del umbral de la muerte.
Los padres de la Iglesia interpretaron las palabras de Jesús sobre los ángeles de los pequeños, que contemplan de continuo el rostro del Padre celestial (cf. Mt 18,10), en el sentido de que a toda persona le es asignado en el momento de su nacimiento un ángel de la guarda que la acompaña durante toda la vida y que, en el momento de la muerte, la lleva junto a Dios cruzando el umbral. Así pues, en la muerte no estaremos solos.
La otra imagen es la del seno de Abrahán. Para los judíos, el seno de Abrahán era una imagen del lugar de honor junto a Abrahán, que el pobre podrá ocupar en el banquete eterno. Para nosotros, se trata más bien de una imagen de que los ángeles nos llevarán a los brazos amorosos de Dios, con objeto de que nos sintamos albergados por siempre en el amor divino. La liturgia recoge esta imagen, interpretándola a su manera, cuando en las exequias entona el cántico In paradisum deducant te angelí:
«Al paraíso te lleven los ángeles y a tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y Cristo, tu Señor, te lleve al seno de Abrahán para que junto con Lázaro, pobre en esta vida, tengas descanso eterno».
La liturgia expresa en este canto fúnebre que, en la muerte, seremos recibidos por los mártires a las puertas del paraíso. Ellos nos conducirán a la ciudad santa de Jerusalén. La Jerusalén celestial es otra imagen para el lugar que nos aguarda en la muerte. Ambas imágenes -el paraíso y la Jerusalén celestial- también son vinculadas entre sí por la tradición cristiana. Y este canto utiliza aún una tercera imagen: el coro de los ángeles nos recibirá igual que en su día recibió con cantos al pobre Lázaro cuando murió. Los ángeles se alegrarán de nuestra entrada en el paraíso. Cantando esto aquí, expresamos nuestra fe en que el difunto a quien llevamos al cementerio en el ataúd será recibido ahora, en este mismo instante, con cantos por los ángeles.
En este canto, la liturgia nos ofrece una imagen consoladora que debe ahuyentar de nosotros el miedo a la muerte. Igualmente, a las personas que llevan al difunto a la tumba debe infundirles la esperanza en que este difunto, quien en su muerte ha experimentado la pobreza de Lázaro, está siendo recibido con himnos.
Hoy estarás conmigo en el paraíso
En su descripción de la muerte de Jesús, el evangelista Lucas nos muestra otra imagen más de nuestro morir. Lucas cuenta que Jesús, en la cruz, estaba flanqueado por dos malhechores. El de la izquierda vilipendia a Jesús y se burla de él. Pero el otro le reprende con las palabras: «Y tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen » (Le 23,40). Este segundo malhechor no tiene otra cosa que aducir que su arrepentimiento o, lo que viene a ser lo mismo, el reconocimiento de que sufre con razón la muerte en cruz. Pues sus acciones le han hecho merecedor de esa pena. Pero, acto seguido, se dirige a Jesús con toda confianza:
«Jesús, cuando llegues a tu reino, acuérdate de mí» (Le 23,42). Y Jesús le responde con las maravillosas palabras: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Le 23,43).
Inmediatamente después de morir, Jesús asume el dominio en su reino. El paraíso es el reino en el que Dios gobierna y en el que Jesús mismo se sienta en un trono a la derecha del Padre. El paraíso es, por consiguiente, el espacio en el que estamos con Cristo y junto a Cristo, en el que somos acogidos por él y rodeados por su amor.
La invitación de Jesús al malhechor crucificado a su derecha busca precisamente levantarnos en el fracaso y animarnos a confiar en que también ahí existe una oportunidad para nosotros. Entonces, no se trata de demostrarle nada a Cristo, sino de presentarle nuestra impotencia, pero también, junto con ella, nuestra confianza en que él nos justifica, nos levanta y nos acoge en su reino.
La Jerusalén celestial
El libro del Apocalipsis nos muestra una maravillosa imagen de lo que nos aguarda en la muerte: «Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio. Oí una voz potente que salía del trono: "Mira la morada de Dios entre los hombres: morará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Les enjugará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado". El que estaba sentado en el trono dijo: "Mira, renuevo el universo"» (Ap 21,2-5).
La Jerusalén celestial es una imagen del paraíso. Se trata de la morada en la que podremos habitar seguros. Y Dios habitará en medio de nosotros. La ciudad celestial se caracteriza por el hecho de que en ella ya no habrá muerte ni tristeza. Todas las lágrimas serán enjugadas.
Todo lo que esperamos de una hermosa ciudad se realizará en la Jerusalén celestial.
En la muerte, la Jerusalén celestial -en la que ahora ya vivimos en la fe- se nos aparecerá en su gloria y será para nosotros morada eterna, una morada en la que podremos vivir como hombres nuevos. Lo viejo que nos oprimía ya ha pasado. Dios hace todo nuevo. Ya no nos separarán la disputa y el odio; antes bien, nos unirá el amor. Toda la ciudad será como una novia y hará aflorar en nosotros el amor de Dios, que no tiene fin.
Entrar en el descanso de Dios
La Carta a los Hebreos cita la advertencia del Salmo 95: «No entrarán en mi descanso» (Hb 4,3). Pero los cristianos podemos confiar en que, merced a Cristo, entraremos en el descanso sabático de Dios. Este descanso marca ya ahora nuestra vida. Sin embargo, en el descanso definitivo entraremos sólo en el momento de la muerte.
Una y otra vez rezamos: «Dale, Señor, el descanso eterno». Este descanso no es el descanso del sepulcro, sino el descanso sabático de Dios. El sábado, Dios descansa de sus obras. Así, en Dios podemos descansar de todo nuestro sufrimiento y todo nuestro quehacer. Dios descansó una vez que hubo visto que todo lo que había creado era muy bueno. Así, el descanso en la muerte también significa para nosotros que todo ha sido muy bueno. En la muerte asentimos a nuestro vivir y nuestro morir. Nos embarga la sensación de que, en último término, todo en nuestra vida ha sido bueno. Nos ha empujado hacia Dios. Desde la perspectiva de la vida eterna, incluso los errores y debilidades de los que nos arrepentimos tienen sentido. Nos han abierto a Dios. Mientras vivimos, luchamos con Dios. Dudamos de si nuestra vida tiene sentido, de si Dios es realmente justo, de si podremos pasar la prueba ante Él y salir airosos del Juicio. Pero esta lucha llega a su fin en el encuentro con Dios en la muerte. La muerte es la opción final, que de nuevo supone una lucha interior para decidirse realmente por Dios. Pues si nos dejamos caer en las manos divinas, toda la inquietud interior, todos los interrogantes y todas las dudas se disipan. Entonces contemplamos y entendemos. Entonces experimentamos un descanso que ya no es perturbado por ninguna pregunta ni ninguna búsqueda.
La misa de difuntos se llama también misa de réquiem, por la primera palabra del introito. Con ocasión del entierro celebramos un réquiem. El texto del introito está tomado del Cuarto libro de Esdras, o sea, de un libro que no pertenece a la Sagrada Escritura propiamente dicha: «Señor, dales el descanso eterno y brille sobre ellos la luz perpetua».
Este introito emplea dos imágenes para designar la vida después de la muerte. Deseamos al difunto que, desde Dios, pueda contemplar su vida y reconocer junto con Él que todo es bueno tal cual es. Es bueno que ahora, en la muerte, haya alcanzado su consumación. Antes de su muerte, muchas personas no pueden decir aún que todo haya sido bueno. Albergan el sentimiento de que mucho ha sido fragmentario y de que han echado sobre sí alguna que otra culpa. Pero en el introito que nos ocupa se omite todo lo relacionado con la culpa. Deseamos al difunto que, a despecho de toda fragmentariedad, pueda declarar: «Es bueno tal cual es». Y también le deseamos que, en el descanso en Dios, pueda crecer al mismo tiempo más y más hacia Dios libre de toda perturbación exterior, que pueda ser incorporado al dinamismo del amor que lo ha de conducir de modo gradual a la unión con la divinidad.
La segunda imagen es la luz que deseamos que ilumine al difunto. Involuntariamente relacionamos la oscuridad con la muerte. Tenemos miedo a lo desconocido y tenebroso que asociamos con ella. Así, deseamos que la luz eterna de Dios ilumine al difunto. Que éste, a la luz divina, pueda reconocer su vida. Que todo se ilumine para él, de suerte que comprenda su vida y se le clarifique todo lo que hasta el momento de la muerte no entendía.
Que todo lo que era oscuro e imperfecto en su vida se convierta en luz.
Ojalá que él mismo pueda devenir fuente de luz -también para nosotros que, tras su muerte, contemplamos su vida como un todo-. Sin enaltecer al difunto, debemos reconocer la luz que él era y sigue siendo para nosotros. Y le deseamos que todo en él sea embebido por la luz y el amor divinos.

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