23 de diciembre de 2013

El precio de cuidar en casa



  Hoy he reflexionado sobre el coste, no ya físico ni emocional  sino más bien económico,  de atender a un enfermo que fallecerá más bien pronto que tarde en unas condiciones dignas en su propio hogar.
 Nosotros en estos momentos nos encontraríamos entre el cuarenta/cuarenta y cinco en el índice Karnofsky,  que es la forma típica de medir la capacidad de los pacientes con cáncer de realizar tareas rutinarias. Esto implica un montón de cambios en el hogar, adaptación del baño, silla de ruedas, oxigeno 24h, maleta oxigeno para la calle (esto de momento lo cubre la seguridad social), oxímetro para la saturación, fonendoscopio para saber más o menos a qué altura se encuentra el liquido y acudir a urgencias a extraer, adaptación del dormitorio, humidificador, laxantes que ya no cubre la S.S. y que el enfermo debe de tomar para contrarrestar el efecto de los opiáceos, un montón de horas de estudio sobre los diferentes síntomas …
 La lista se puede hacer interminable conforme la enfermedad progresa, eso o dejar al enfermo que se ulcere y se llene de escaras. Otra opción es tenerlo el mayor tiempo posible ingresado en el hospital y si se tiene suerte en una unidad clínica de cuidados paliativos.
Hasta hace bien poco creía que la gente dejaba aparcados a sus familiares en el hospital por falta de responsabilidad o por no querer renunciar a otras cosas. Hoy sin embargo (gastos en material, no he tenido que dejar de trabajar al estar jubilado con lo que no he perdido el salario, etc.) me doy cuenta de que muchos por más que quieran no tendrán otro remedio, y con mucho dolor en su corazón, será esa la única solución viable que tengan para que el familiar enfermo disponga de un mínimo de atención y comodidad.
En tiempo de vacas flacas, es hora de que alguien levante la voz y diga basta a tanto despilfarro en fiestas, eventos, y diversiones que pasan y en nada quedan. Es hora de que el dinero que pagamos todos no se dilapide en francachelas sino que se use para ayudar a quien en verdad lo necesita. Y las personas que desean cuidar de sus familiares en el momento de su muerte, y no disponen de medios adecuados, lo necesitan, al igual que lo necesitan los sin techo que duermen en la calle y para quienes se podían habilitar naves municipales con un coste irrisorio, los que no tiene que llevarse a la boca y que comerían solo con lo que las grandes cadenas tiran si se organizara su recogida por ley, etc.
La muerte es algo que tarde o temprano nos llegara a todos, pensemos si desearíamos morir asépticamente en un hospital o rodeados de nuestros familiares, en nuestra casa, atendidos por ellos y auxiliados por la unidad de paliativos.
Para mí la decisión es clara, cuando Dios me lleve a su lado que me lleve desde mi cama.


 “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lucas 6, 41-42)

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