9 de diciembre de 2013

Mi Cristo roto Padre Ramón Cué

 Cuando comencé a leer Mi Cristo roto, no pude mas que pensar en un crucifijo que acompaña a mi familia desde hace mas de cuarenta y ocho años. Yo apenas contaba uno y la historia me la contó mi madre. Por entonces todavía vivíamos en el pueblo y mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, trabajaba en la mina y en el campo. Una noche lluviosa al volver de sus tareas en las tierras, la luz de su moto alumbro un bulto en un charco. Paso de largo, pero por lo que se ve, dio la vuelta y recogió lo que fue un crucifijo de diez centímetros de madera negra con un cristo, que yo siempre conocí ennegrecido y que llevo pegado en todos sus coches.
 El no fue nunca de "misas", como solía decir, pero a sus dos hijos nos envió a ser educados por los Padres Salesianos; a mi con mucho esfuerzo pues cuando fui la buena educación se "pagaba".
  Murió tras un penoso cáncer de veguija y después de recibir el sacramento de la extrema unción por parte del capellán del Hospital Clínico. Tuve que tomar la decisión, para aliviar su agonía, de que se le  administrara lo que se llama en cuidados paliativos "una sedición paliativa", tres días después fallecía en compañía de todos los que le queríamos.
 Tras su fallecimiento, retire el crucifijo y me lo quede, y cual no fue mi sorpresa cuando al frotarlo bien para limpiarlo descubrí un precioso Cristo dorado que ahora, colocado en un marquito con terciopelo negro, escucha mis oraciones y me recuerda siempre la figura de mi padre.

 Mi Cristo roto, del Padre Ramón Cué es un pequeño texto que contiene párrafos dignos ser meditados;



El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.

No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.


Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte.
Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso
¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.


Yo, como hijo de Dios, me hice responsable voluntariamente de todos los errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi Padre se asomó desde el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi rostro, clavó sus ojos en Mí y su pasmo fue infinito. Sobre mi rostro, vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las caras de todos los hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad vencida, mientras tanto Yo le decía:
“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” No era Yo sólo quien moría en la cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos, derrotados muchos por sus propias pasiones, por sus errores, por sus pecados. El desfile era terrible, repugnante, grosero. Mi Padre vio pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario, imaginando la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado...
Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria, alientos insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas en el vicio, sórdidos rictus de amargura y desesperación, turbadoras miradas de perversión y delito, de subterráneas anormalidades inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de una humanidad irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y perdonó sus pecados”.




 Mi Cristo roto


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