21 de enero de 2014

Creo en la vida eterna Por Monseñor Tihamér Tóth



Creo en la vida eterna

Compendio de su  libro

Capítulo I

 Que nuestro Padre celestial nos conceda una firme e inconmovible fe en la vida eterna; y, más aún, que vivamos de tal manera que lleguemos a gozar de una eternidad dichosa, y que en la losa sepulcral de cada uno de nosotros puedan inscribirse las palabras que Luis VEUILLOT (1813-1883), el gran periodista católico francés, compuso para su propio epitafio:

“Después de la oración final, colocad sobre mi tumba una pequeña cruz, y en memoria mía no escribáis sobre la lápida sepulcral más que esto: “Creyó y ahora ve”.

¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mateo 16,26)

¿Existe o no el otro mundo? Esta cuestión no la podemos esquivar. No podemos actuar como el soldado del cuento que en el combate, en medio de una lluvia de balas, empezó a orar de esta manera: “Dios mío (si es que hay Dios), salva mi alma (si es que hay alma), para que no vaya al infierno (si es que hay infierno); sino que entre en el cielo (si es que hay cielo)”. No podemos vivir con esta gran duda. Debemos estar convencidos de si hay o no vida eterna. Porque ¡cuán diferente será toda mi vida si creo o no creo en el más allá!
¡Qué distinta es la misma muerte según crea o no en la vida eterna!
  Muere el incrédulo y también muere el creyente; pero hay una diferencia tan grande, como de la tierra al cielo, entre la muerte de uno y de otro. El incrédulo se agarra con desesperación a la vida que se le escapa. Mas el creyente, a medida que se acerca al final de su vida se siente más cerca de Dios, se hace más profundo y juicioso, ora con más fervor. Así espera el momento postrero lleno de solemnidad.
  La vida es un correr hacia la muerte. En efecto: la vida es un morirse continuo, y solamente en la hora postrera de la vida cesamos de morir.
  ¡Y es que algunas veces suenan tan vacías y tan formalistas las  palabras de consuelo! “También a mí se me murió mi madre.” Pero ¿es esto un consuelo para mí? Y estas otras: “El tiempo mitigará el dolor que sientes... el tiempo cicatrizará la herida que ha dejado en tu corazón.” “La recordaremos siempre.” “¡Ha tenido una muerte tan tranquila! Se durmió apaciblemente.” ¡No, no! Sólo la fe en la vida eterna es lo que me puede dar verdadero consuelo: “¡Seguirá viviendo y nos volveremos a ver!” Sólo así son “bienaventurados los que lloran —los que de esta manera lloran—, porque ellos serán consolados” (Mateo 5,5).
  Realmente, la gran sabiduría de la vida es ésta: mirarla desde el punto de vista de la muerte, y mirar la muerte a la luz de la vida eterna. Así, se transforma la muerte en la gran niveladora y la gran orientadora de la vida. Al triste y al dolorido le dice: ¡Ten paciencia, ya no durará mucho! Al superficial y frívolo le dice: ¡Cuidado, todo se acaba muy pronto! Al engreído: ¡Espera, espera un poco, ya verás qué será de ti! Y al que lucha con tesón haciendo el bien: ¡Persevera, que al final alcanzarás tu galardón!

 

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