25 de enero de 2014

Testimonio de Pastoral Sanitaria (extractos de "ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTEIS")

 Fernando Poyatos
"ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTEIS" 
Testimonio de Pastoral Sanitaria 



Podemos además aprender mucho de los visitantes: los que parecen estar sinceramente motivados; aquellos cuya actitud apresurada puede reflejar la superficialidad de sus sentimientos hacia el paciente; los que, al no quitarse el abrigo siquiera, le están diciendo que no quieren quedarse mucho; los que se ponen a mirar las revistas del enfermo o se abstraen en su televisión, o salen y entran de la habitación sin mantener nunca una verdadera interacción; los que fuerzan al enfermo a discutir los asuntos económicos de la familia porque "hay que ver lo que se va a hacer" sobre esto y lo otro; los que carecen de la necesaria compasión y comunican no verbalmente su incomodidad y su incapacidad para enfrentarse con el sufrimiento de los demás; e incluso miembros de la familia cercanos que no parecen tener una relación muy personal con su pariente enfermo.


Hay formas de risa que utilizamos incluso hablando con un enfermo terminal. Hay una risa que 'busca apoyo' y afecto, como la de muchos desvalidos y desamparados, o la 'risa compasiva' que se ofrece a pacientes graves (que sólo podríamos verbalizar con palabras de consuelo y comprensión). Algunas veces nuestro apoyo puede consistir simplemente en reír lo inreíble. Otras, oímos la risa nerviosa del paciente que busca alivio para su ansiedad, suscitada por una amenazante preocupación que se niegan a afrontar y por la necesidad de negarla; o la 'risa agridulce' que refleja sentimientos diversos y que también se muestra en el rostro como fusión de emociones.
Y en cuanto al lloro o llanto, una profesora cristiana de enfermería nos dice:
Aquellos que se encuentran en las profesiones sanitarias, sean psiquiátricas, médicas o pastorales, tiene una oportunidad única de ayudar a la gente a expresar las emociones 'negativas' [...] [el llorar es] una función otorgada por Dios que sirve un propósito útil y que debe ser apoyada terapéuticamente por el orientador cristiano [...] el cuerpo humano puede soportar sólo cantidades limitadas de estrés. Dios en su providencia ha proporcionado diversos escapes para la tensión, uno de los cuales es el llorar.
Más tarde cita a Stott, que dice:
"La moderna ausencia de lágrimas es una mala interpretación del plan de salvación de Dios, una falsa presunción de que su obra salvadora ha terminado [...] que no hay ya necesidad de más enfermedad, sufrimiento o pecado, que son las causas de las penas."
Y llega a la conclusión de que los que reprimen sus lágrimas;
" Promueven deshonestidad emocional y el que se lleven máscaras dentro del pueblo de Dios [•••] cuando impiden el apoyo de 'llevar las cargas unos de otros' (Ga 6,2)."
Debemos darnos cuenta de que un silencio significativo durante nuestra visita no es un vacío o laguna, sino algo que es una parte importante de cualquier interacción, una elocuente declaración sin palabras de nuestro interés y amor por el enfermo cuando se ha alcanzado la verdadera comunicación y las palabras se hacen innecesarias. El influyente psiquiatra suizo cristiano Paul Tournier nos ofrece un emotivo ejemplo del uso terapéutico del silencio - y también del tiempo, mencionado más abajo- en uno de sus inspiradores libros, donde nos habla de una médica a quien habían llamado para ver a un enfermo muy grave:
Ella se daba cuenta de que él no quería de ella un aluvión de palabras, ni exhortación, ni siquiera compasión; quería una compañía real y ardiente. Pasó con ella una hora entera en completo silencio, y esa hora fue para ella una de las más bellas de su vida.
El libro del Eclesiastés nos asegura que hay;
 «tiempo de callar y tiempo de hablar» (3,7), 
y esto es exactamente lo que ocurrirá si actuamos con el discernimiento que nos dará el Espíritu si verdaderamente deseamos ser guiados por él y le dejamos hacerlo.
«La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios» (CCE 1501).
Frecuentemente, el perder una fe débil es consecuencia directa de culpar a Dios por la enfermedad y el sufrimiento que tenemos. Personalmente, me es muy difícil hablar a la persona amargada. Sí, puedo decir lo que quiera decir, pero a veces me oigo mis propias palabras «como bronce que suenao címbalo que retiñe» (ICo 13,1).
Aunque recuerde que la cruz de Cristo es la respuesta al misterio del sufrimiento y que hay beneficios en compartirla con él por medio de nuestro propio sufrimiento, a menudo mis propias limitaciones me impiden saber cómo hablar a una persona que está con dolor, deprimida o enfadada, las palabras de san Pablo: 
«completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24)
 Decir a destiempo que;
 «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28), 
suena más bien a acusación, como si dijera "Esta promesa no es para ti."
Muchas otras veces, sin embargo, veo cómo esas mismas palabras tocan el corazón de la persona como un bálsamo de esperanza. Este pensamiento me da a veces la fuerza para compartir lo que hay en mi corazón en lugar de simplemente escuchar las quejas de la persona, y recuerdo que fue precisamente por su propio sufrimiento como Job pudo descubrir la majestad de Dios y terminar confesando: 
«Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos» (Jb 42,5-6).

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