20 de enero de 2014

Erase un hombre muy rico.



Erase un hombre muy rico.
Tenía abundancia de todo..., pero le sobrevino la desgracia y lo perdió en un momento. Después, resentido, se fue vagando por el mundo. 
Pasó por un pueblo y vio que un hombre revolvía el trigo con una gran pala. "¿Por qué no dejas en paz estos granos?" —le preguntó.
 "Para que no se pudran de pura tranquilidad." —le respondió el hombre.

Pasó después a otro hombre que estaba arando la tierra. "¿Por qué rasgas la pobre tierra?" "Para que sea más blanda, y así se empape bien de la lluvia y el sol.”

Pasó por un viñedo, donde un agricultor podaba los sarmientos con unas tijeras. "¿Por qué atormentas estos sarmientos?"
¡Qué voy a atormentarlos! “Los estoy podando para que den abundante y buena cosecha."

 Entonces se le abrieron los ojos al caminante: 
Señor mío, yo soy el trigo que has revuelto para que no me pudra. 
Yo soy la tierra que has cortado con profundos surcos para que me vuelva más blanda a tus palabras y a tu gracia. 
Y yo soy el sarmiento que has podado con el cuchillo del dolor para que dé más fruto.


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