29 de enero de 2014

Extractos del libro.- Y DESPUÉS DE LA MUERTE ¿QUÉ?




  La psicología percibe que la fe y la esperanza en muchas personas y culturas. Siempre cabe argüir que ello no es sino una ilusión del ser humano con la que éste consigue arreglárselas con el sufrimiento aquí en la tierra y vivir esperanzado a pesar de todos los fracasos.
Pero también es legítimo confiar en que el saber común del alma humana no nos engaña. Aun cuando no nos sea dado decir nada definitivo sobre la muerte y la vida eterna, el «saber» del alma humana nos remite a la esperanza de que, en la muerte, no nos extinguimos para siempre.
 
LAS PERSPECTIVAS DE LA FILOSOFÍA
 El filósofo griego Platón entiende la muerte como separación del cuerpo y el alma. El alma inmortal, que en el cuerpo ha vivido sólo involuntariamente como en una prisión, devendrá entonces libre y retornará a Dios. La teología cristiana ha asumido de Platón esta idea de que, en la muerte, el alma se separa del cuerpo. Pero no entiende tal separación del mismo modo que Platón.

Para Karl Rahner, la muerte es siempre ambas cosas: destino impuesto desde fuera, ruptura y aniquilación; pero, a la vez, «auto-consumación personal », «un acto que la persona realiza desde su interior» y en el que se da cumplimiento a sí misma (Rahner, «Tod», p. 923). Aquí debemos distinguir entre el proceso de la muerte, que puede ser observado y que a menudo acontece en un coma o de repente en el caso de un accidente, y el instante en el que la persona lleva a cabo su definitivo acto de libertad. Este instante es invisible para nosotros, pero acontece -con independencia de las concretas circunstancias exteriores de la muerte-. El instante en el que, según la concepción tradicional, el alma se separa del cuerpo es el único acto de libertad en el que a la persona le es dado disponer por completo de sí misma. En ese momento puede optar inequívoca y claramente, y con plena libertad, por Dios o en contra de Él, sellando así su destino de manera definitiva.

Ladislaus Boros, un jesuita húngaro, desarrolla por un camino filosófico su «hipótesis de la opción final». En la muerte se consuma la vida de la persona. Y la muerte es el único acto absoluto de libertad en el que el ser humano dispone por entero de sí mismo y, por tanto, puede optar libremente por Dios o en contra de Él.
Lo cual, sin embargo, no significa que nuestra vida en este mundo carezca de importancia, sino que todo depende de la opción final. Esa opción final que tomamos en el momento de la muerte la vamos ejercitando más bien a lo largo de toda la vida. Y no debemos confiarnos en que siempre podremos optar todavía por Dios en el momento de la muerte. La opción final que, con toda libertad, hacemos en el momento de la muerte es ejercitada ya aquí: en los múltiples actos en los que optamos por lo bueno y por Dios. Por eso, siempre hemos de tomar también en consideración la advertencia de Jesús de que ya podría ser demasiado tarde.
Quien vive durante años ignorando su corazón no puede confiar en que luego, en la muerte, optará por Dios de todo corazón.

Joseph Ratzinger interpreta la fe bíblica en la resurrección desde un punto de vista dialogal:
«El hombre, pues, no puede perecer totalmente porque Dios lo conoce y lo ama. Si todo amor anhela eternidad, el amor de Dios no sólo desea eternidad, sino que opera y es eternidad» (Ratzinger, Einführung, p. 292). Para Ratzinger, la resurrección de la carne no significa que vaya a devolverse a las almas sus antiguos cuerpos; se trata más bien de una forma de hablar de la resurrección de la persona: «Lo esencial del ser humano, la persona, permanece; lo que ha madurado en la existencia terrena de la espiritualidad corporal y de la corporalidad espiritualizada perdura de modo distinto» (ibid., p. 295).
Joseph Ratzinger desea vincular la concepción griega y la concepción bíblica. Desde la filosofía griega, cabe afirmar que el ser humano tiene un alma inmortal. Lo cual, visto desde la perspectiva bíblica, quiere decir: «un ser llamado por Dios a un diálogo eterno y, por tanto, capaz por su parte de conocer a Dios y responderle»

Las ideas filosóficas y teológicas de Kart Rahner, Ladislaus Boros y Joseph Ratzinger quieren mostrarnos, por una parte, que, con ayuda del intelecto, podemos reflexionar sobre -y penetrar en- el misterio de la muerte, la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos. Aun cuando ningún viviente haya experimentado la muerte hasta sus últimas consecuencias, sí que podemos, no obstante, afirmar algo sobre el adentramiento de la muerte en nuestras realizaciones existenciales humanas, así como sobre lo que -en cuanto personas que, en virtud de su alma, están predispuestas a un diálogo eterno con Dios- nos aguarda en la muerte.
Pero, a pesar de todo el saber, siempre debemos tener en cuenta, por otra parte, el carácter limitado de nuestras afirmaciones. Y hemos de conceder que sólo en imágenes nos es posible aproximarnos a lo inefable y, en último término, indescriptible.

Continuara.

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