21 de enero de 2014

La dura decisión de una sedación terminal



 Cuando el médico sale de la habitación y te dice que habrá que pensar en aplicar una sedación terminal, porque tú mujer va a fallecer en las próximas horas; el mundo se hunde bajo tus pies.
 ¿Cómo puede ser si habíamos acudido por un mal control del dolor?, ¿debería de haber acudido antes a urgencias?, ¡pero si hace tres días me estaba diciendo que si salía el sol saldríamos a pasear mientras la bañaba!
Te agarras a una última esperanza y ruegas que realice la toraco que tenía prevista por si, al reducir la acumulación de líquido pleural, los síntomas remiten. El te mira compasivo y accede sabiendo, que por mas liquido que saque  “Alea iacta est” y que morirá por sus complicaciones pulmonares, axfisiada.
Pasas la noche sentado junto a ella esperando, que en cualquier momento, un gesto denote una leve mejoría pero no, la suerte está echada y al despuntar el alba no te queda otra cosa que hacer que llamar al capellán y comunicar al doctor tu decisión.
 Sabes que en el momento en que el proceso comience has quemado tus naves, la retirada ya no es posible. Vuelves a sentarte en la silla y a coger su mano, escuchas su estertor agónico, ves como por momentos le va faltando el aire y que el oxigeno que se le suministra ya no surte ningún efecto, la sedación es tan suave que debes de llamar al enfermero para que le administre algo para el dolor. Aguantas el llanto, porque sabes que incluso los enfermos en coma sienten y no quieres que sufra por ti. Llegado el momento, cierras sus ojos y llamas al timbre de enfermería, todo ha terminado para ti aunque sepas que para ella comienza una nueva vida, libre de llanto y de dolor. Agradeces a Dios que te haya permitido cuidar de ella y que en ningún momento estuviera sola, la paciencia que te ha dado para atenderla y sobre todo que haya tenido una agonía tan sumamente corta.
 Vuelves a casa pero ya no es la misma, esta silenciosa, falta algo, falta su presencia. Comienza el duro retorno a la vida, a una vida sin ella. Sientes el apoyo de tus hijos, de las personas que te aprecian, pero ese vacío no se puede llenar. 
Fueron muchos años felices juntos, ahora tan solo queda esperar que el señor te llame a su lado y puedas volver a reunirte con ella.

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