28 de marzo de 2014

Vale más vivir y morir de una vez






"Vale más vivir y morir de una vez, que no languidecer cada día en nuestra habitación bajo el pretexto de preservarnos."

Esta frase  la escribió Robert Louis Balfour Stevenson, dicho así quizá no sepas quien es, pero si te digo que es quien escribió  La isla del tesoro, la novela histórica La flecha negra y la popular novela de horror El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, seguro que por lo menos sus obras te sonaran, so pena que seas un inculto integral que no ha visto un libro en su puñetera infancia.
Stevenson, que padecía de tuberculosis, solo llegó a cumplir 44 años. Con lo que quiero decir que sabia lo que decía cuando la escribió.
Es una bonita frase para un epitafio, pero su aguda mente le inspiro uno mucho mejor para él:
Bajo el inmenso y estrellado cielo.

Cavad mi fosa y dejadme yacer.

Alegre he vivido y alegre muero.

Pero al caer quiero haceros un ruego.

Que pongáis sobre mi tumba este verso:

Aquí yace, donde quiso yacer;

De vuelta del mar está el marinero,

de vuelta del monte está el cazador".

Esta era la manera en que uno se enfrentaba a la muerte hace poco más de doscientos años, quizá no tantos si buscamos ejemplos más cercanos.
¿Qué sucede ahora para que tanto miedo nos de la muerte? ¿Por qué la escondemos en las afueras como si no formara parte de nuestra realidad? ¿Porque la rehuimos como si no pensando en ella jamás nos alcanzara? No hay sitio para la muerte entre 
los vivos. Se muere alguien y en seguida debes de comenzar con los trámites legales. Herencias, bajas, declaraciones de hacienda del fallecido… La vida sigue para los vivos, como decía Bécquer, que solos se quedan los muertos.


    RIMA LXXIII
Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

— ¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

                *

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedose desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

— ¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

                *

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

— ¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

                *

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos...!

                * * *

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.





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